21.5.14

Carta a Mafalda

carta a mafalda

Seré breve y directo, primero porque quiero evitar que me hagas una de esas preguntas que dejan a tu papá sin dormir y segundo porque eres sólo una niña, aunque estás cerca de cumplir cincuenta años. No me conoces pero yo soy casi un vecino tuyo, de un país sudamericano llamado Perú, lo encontrarás rápidamente en tu globo terráqueo. Seguro ya sabes las últimas noticias y sí, el mundo sigue al revés y muy enfermo. Hace buen tiempo que estamos en una crisis económica que aplasta a la clase media, mediaestúpida, como te gusta llamarla.

Si hubiese crecido en tu barrio seguramente habría sido muy amigo del tímido Felipe y me habría enamorado de la soñadora Susanita, cierto que no habría sido su príncipe azul pero le habría dedicado al menos un pequeño corazón dibujado en un árbol. Tú y yo habríamos sido buenos amigos también, jugando a los vaqueros y protestando contra la sopa. Me divierto al imaginarte quejándote, en tu acento argentino, ante tu mamá Raquel por haberte preparado nuevamente ese plato que odias. Te aseguro que algún día te gustará tanto que querrás volver atrás en el tiempo para abrazar a tu madre. Qué seríamos sin las mamás, Mafalda, que nos entregan voluntariamente ese pedazo de su juventud para tenernos buenos y grandes. Yo estoy lejos de mi mamá y la extraño muchísimo, en esta parte del mundo estoy tratando de cumplir mi sueño de tener un negocio propio, grande para escapar de la clase media pero eso sí, nunca tan rentable como el almacén Don Manolo.

Te escribo mientras escucho a The Beatles que tanto te gustan, con sus clásicas guitarras alborotadas y los  “Yeah yeah yeah!” que alteraban tanto a los adultos. Ay, los adultos, Mafalda, somos tan complicados que inventamos pastillas y profesiones para curarnos de males que no sufríamos cuando éramos pequeños, en los que todo era cuestionarse el porqué de las cosas. Creo saber cuál es el problema, que cuando uno es niño lo que hace es preguntar y preguntar, en cambio cuando uno se vuelve adulto debe sólo responder, sin tiempo para seguir preguntándose. Este es el problema, Mafalda, pero no te preocupes que allá afuera hay adultos que se siguen preguntando y sorprendiendo. Por eso quería darte las gracias con esta carta, porque crecí contigo y aunque tú te quedaste niña y yo seguí envejeciendo, te puedo prometer algo, jamás me aburriré de este mundo mientras lo siga viendo con los ojos de niño, con tus ojos.

PD. Si algún día nos vemos, te prepararé unos buenos panqueques, a mí tampoco me gustaba la sopa.

Eduardo

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