14.4.16

La suerte de una promesa

“Lo único que nos queda por alardear es el amor. No existe otra fuerza que lo supere"

Los autos transitaban en caótica armonía por la calle Los Eucaliptos y Claudio aún no se sentía listo para ver a Patricia bajar de uno de ellos. Habían pasado diez años desde que se mudó a Miami y trece desde que la vio por última vez. Mientras esperaba su llegada, se preguntaba si ella lo reconocería de inmediato o le tomaría unos segundos hacerlo. En el peor de los casos se justificaría diciendo “Es que ahora te ves mejor”. La conocía tan bien.

Se quedaría solo por diez días, como si conmemorase en cada uno los años de su exilio voluntario. Estaría prácticamente solo en una ciudad dos veces más grande que Miami. Sus padres se fueron a vivir a Lisboa no mucho después que él partiera para Estados Unidos porque decidieron venderlo todo y mudarse cerca de sus hermanos, circunstancia que sacó del circuito de viajes a la ciudad que lo vio crecer. A pesar de ello, nunca había dejado de extrañar su estupenda vista al mar, la vida nocturna en cualquier época del año y el inextinguible cielo gris que asociaba a muchos momentos significativos –algunos grises- de su vida. El volver era una tarea pendiente pero postergada tantas veces que ninguno de sus amigos le creyó cuando les dijo que había comprado los pasajes para llegar en febrero. 
 
Ver a Patricia era también un tema pendiente. El fin de su relación había sido tan imprevisto como el comienzo, “cosas de veinteañeros”, diría su abuela con una sonrisa, así lo hacía cuando escuchaba los dramas de las jóvenes parejas, con la sabiduría y serenidad que solo se consiguen viviendo. Equivocaciones se cometen a toda edad y, con el tiempo, Claudio se daría cuenta que su relación con Patricia fue el nefasto triunfo del impulso y el orgullo. Nunca se despidió de ella, simplemente un día tuvieron la enésima discusión banal y no se volvieron a ver. Ahora, a sus treinta y seis años, con algunas experiencias amorosas encima y otras pocas aventuras efímeras, quería cerrar su libro con la chica que amó perdidamente cuando era un despreocupado estudiante universitario, pedirle perdón, en fin, despedirse como deberían hacerlo dos personas que compartieron, más que caricias y besos, una ilusión.

Pasaron los días tan rápidos como raros. Lima había cambiado bastante, las casas se habían convertido en edificios y parecía haber un hotel en cada esquina. San Isidro seguía siendo su distrito favorito y aunque se veía muy distinto a como lo había dejado, recorrer sus calles fue un antojo que repetiría en más de una ocasión. Fue San Isidro el lugar donde saludó al amigo que le daría el número de Patricia y el bar del Country Club el lugar elegido para encontrarla. Al inicio, a pesar de su sorpresa, no aceptó la propuesta, fue únicamente cuando le dijo que sería el último sábado antes de volar nuevamente a Miami que ella accedió a la cita. Sin entrar en tantos detalles -imposible resumir trece años de vida en una llamada telefónica- quedaron en reunirse el sábado por la tarde. 

El bar del Country Club era para Claudio un lugar especial, sin distracciones, en San Isidro y donde servían uno de los mejores Pisco Sour del país. Llegó una hora antes de las cuatro -la hora pactada- para ordenar un trago y ver si así conseguía relajar un poco la tensión que no le había dejado dormir la noche anterior. Avanzaba la hora y al acercarse el momento, sus manos comenzaron a sudar, secándolas constante e inútilmente sobre sus piernas. Aturdido de ver a tantos autos circulando por la calle, echó un vistazo a su reloj, notando que los latidos de su corazón iban al triple del ritmo que las manecillas de los segundos. Al alzar la mirada, ella estaba ahí, a veinte metros, con un vestido turquesa y los cabellos pardos reposando ondulantes sobre sus hombros desnudos. Claudio se incorporó y se acercó a saludarla, quedándose ambos a centímetros de distancia. Se observaron por un instante y ella finalmente lo abrazó. “Me alegra ver que no has sacado panza”, le dijo divertida. Seguía siendo la chica de las bromas rápidas.

Sin saber por dónde comenzar, Claudio propuso un brindis por el reencuentro. Aunque no quitó sus ojos de los de ella, advirtió el reluciente anillo cuando chocaron sus copas, él la de su segundo Pisco Sour, ella la de un mix de frutas tropicales. Era una noticia que de algún modo estaba preparado para escuchar, tal vez no tan pronto. Con casi veinte meses de matrimonio y una rentable carrera como abogado, ella tenía por cierto cosas más interesantes por contar que él y sus constantes fracasos amorosos. “Creo que llegué un poco tarde” – soltó a modo de broma. Ella lo miró con ternura, incluso con ligera compasión. En su recuerdo todavía estaba vivo aquel cariñoso chico universitario de camisas holgadas, jeans rotos, distraído y testarudo. Sabía que el haber elegido un tres de febrero como fecha para verse había sido una simple coincidencia, porque fue un día como este que se besaron por primera vez, frente a la Catedral de Lima. Estaba también segura que él no lo recordaba, no valía la pena hacerlo tampoco.

Pasada la primera hora sabía que el tiempo se le agotaba. "Pati", le dijo seriamente, acomodando su asiento más cerca al de ella para afinar su discurso pero fue interrumpido de inmediato. Con un gesto, Patricia le dio a entender que no había venido para escuchar explicaciones. Los años habían sanado cualquier herida y las disculpas estaban de más, las palabras no cambiarían nada. En el fondo, ella estaba agradecida por los errores pasados de Claudio, sin los cuales no habría tomado las decisiones que la llevaron a donde está. Le observó en silencio, leyendo en su mirada todo lo que alguna vez quiso escuchar de él. Le pidió un abrazo. Al sentir su respiración cerca a su cuello, tuvo la intuición de que no volvería a verlo. Trató de ignorar esas emociones pero fue en vano. Secó una lágrima que empezaba a bajar por su mejilla y sonrió satisfecha. A pesar del tiempo, sin pensarlo, había logrado que un hombre quisiera limpiar sus equivocaciones. Era probablemente su novel instinto maternal que con los días iba en aumento y que descubriría dos semanas después de aquella despedida.

Al día siguiente, Claudio miró a través de la ventana del avión cómo Lima se iba haciendo más pequeña conforme ganaba altura. Con los ojos humedecidos, fue despidiendo en voz baja a todos sus amigos, al Country Club, a Patricia. No sabía si pasarían otros trece años antes de pisar nuevamente esa ciudad. Se daba cuenta de que sus tiempos eran lentos, desde cumplir promesas, visitar a los colegas, arrepentirse, pedir perdón. Entonces con Patricia quizá el problema no fue el haber llegado tarde a su vida, sino el haberlo hecho muy temprano.


6 comentarios :

  1. Un relato muy bello y triste. La situación es muy realista y gana encanto por ese reencuentro trunco. Y digo trunco porque por más que él esperara que las cosas se dieran así, abrigaba la esperanza de que ella le correspondiera de alguna manera.
    Saludos.

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    1. El tiempo puede ser un gran aliado como el peor enemigo. Muchas gracias por leer y comentar, Raúl Omar.

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  2. Las cosas siempre suceden por algo. No vale la pena arrepentirse de lo que no pasó. Un besote!!

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    1. Al final somos el resultado de esas "cosas que suceden" a lo largo de nuestra aventura en este mundo. Besos!

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  3. Me gusto mucho este relato, me senti un poco triste por el protagonista y a la vez admirada. Siempre es bueno cerrar circulos para seguir avanzando y disfrutar de diferentes experiencias a largo de nuestra existencia.

    Saludos.

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    1. Andrea!! Que sorpresa. Creo que los caminos que vamos tomando a veces nos van alejando de asuntos que iniciamos y no terminamos.
      Gracias por pasar a leer, un beso.

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