El día que los condenados a morir descubrían que habían sido tocados por la plaga, caían vencidos de rodillas frente a una iglesia, abrazaban un crucifijo incluso improvisando con dos fríos trozos de madera, implorando que la muerte, ahora más cercana e ineludible, les llegara con el menor sufrimiento posible, pues era sabido que la agonía solía ser tan rápida como cruel. Transcurren pausada y desesperadamente los primeros días de diciembre de 1630 y en Milán, al norte de la península itálica, una maldición invisible lleva meses devastando lo que encuentra a su paso, dejando tras de sí montones de miseria, dolor y el repugnante hedor de la muerte. Durante esos sombríos amaneceres, en los pasillos más oscuros de las calles, corría una voz que tomaba forma cada vez más. Muy cerca al Duomo, uno de los templos más grandes del mundo conocido, en un refinado palacio de la calle Porta Romana, habitaba un hombre siniestro, de herencia noble, que a pesar del infierno que se vivía fuera de ...