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La casa del diablo

El día que los condenados a morir descubrían que habían sido tocados por la plaga, caían vencidos de rodillas frente a una iglesia, abrazaban un crucifijo incluso improvisando con dos fríos trozos de madera, implorando que la muerte, ahora más cercana e ineludible, les llegara con el menor sufrimiento posible, pues era sabido que la agonía solía ser tan rápida como cruel.

Transcurren pausada y desesperadamente los primeros días de diciembre de 1630 y en Milán, al norte de la península itálica, una maldición invisible lleva meses devastando lo que encuentra a su paso, dejando tras de sí montones de miseria, dolor y el repugnante hedor de la muerte. 

Durante esos sombríos amaneceres, en los pasillos más oscuros de las calles, corría una voz que tomaba forma cada vez más. Muy cerca al Duomo, uno de los templos más grandes del mundo conocido, en un refinado palacio de la calle Porta Romana, habitaba un hombre siniestro, de herencia noble, que a pesar del infierno que se vivía fuera de las murallas de su lujosa morada, parecía seguir viviendo tranquilo, intocable, inmune. Su indiferencia al sufrimiento ajeno llegaba al punto de seguir organizando pomposas fiestas y banquetes, danzando y seduciendo, como si esa amenaza no fuera de su incumbencia, como si estuviera protegido por el mismo Dios, o peor aún, por el Diablo. 

El marqués Ludovico Acerbi, como se llamaba aquel hombre, tenía más actividad durante la noche y mientras los menos afortunados lloraban miserias, este hacía encender las luces de toda la casa, dejando ver desde afuera las siluetas de sirvientes en interminables faenas al servicio de su patrón, de arriesgados colegas igual de nobles y de refinadas damas que aceptaban un baile con la elegancia que exigía la privilegiada posición social. Se sentían todos resguardados ante la presencia imponente del marqués, pues nadie nunca manifestó síntomas de la enfermedad. Previamente, en las tardes, justo antes que el sol desvaneciera, era común verlo salir en su carruaje negro como todas sus prendas, al igual que los dos gigantescos caballos que tiraban impasibles la carroza, recorriendo las calles empedradas de una ciudad destruida. Quienes lo veían pasar trazaban una cruz sobre sus pechos, admiraban el pasar majestuoso de las bestias y murmuraban, con los dientes apretados y los labios temblorosos: “Ahí va pasando el diablo”. 

Las voces sobre el marqués fueron atenuándose conforme la peste se fue extinguiendo, pero su fama y misterio trascendieron al tiempo. Siglos después, durante las revueltas del pueblo milanés contra la invasión austriaca, una bola de cañón golpeó la pared frontal del palacio del marqués Acerbi. La leyenda entonces volvió a cobrar vida cuando vieron que, en lugar de abatirlo, el misil quedó incrustado en el muro, permaneciendo inerte desde entonces y para la posteridad. La gran guerra incluso fue letal con Milán, capital financiera de la joven república italiana, en la que el cielo se cubrió de gris por las bombas que llovieron sobre la ciudad, derrumbando iglesias, construcciones, sueños. Pero entre esas cenizas del infierno en la tierra, podrán intuir qué edificio permaneció de pie hasta nuestros días: el Palacio Acerbi en el histórico número 3 de la calle Porta Romana, la casa del diablo.


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