¿Cuándo fue la última vez que tuviste que esperar sin sacar el teléfono?
No me refiero a una espera larga ni extraordinaria, sino de esos dos minutos en una fila, de un semáforo en rojo o del banco de una estación mientras llega el siguiente tren o autobus. Hace no tanto, esos espacios vacíos pertenecían a la imaginación. Hoy pertenecen a una pantalla.
Vivimos convencidos de que aprovechar el tiempo significa llenarlo. Una reunión conduce a otra, una notificación sucede a la anterior y, cuando el día termina, sentimos la extraña satisfacción de haber estado ocupados. No siempre de haber hecho algo importante.
Paradójicamente, las mejores ideas rara vez aparecen cuando las buscamos con insistencia. En mi experiencia personal, èstas llegan caminando, esperando, observando. Simplemente dejando que el pensamiento divague sin un destino concreto.
Cuando vivía en Lima, mientras caminaba hacia la Costa Verde o me detenía en un bar cualquiera, las historias aparecían sin pedir permiso. No era una técnica de escritura. Era una consecuencia natural de mirar el mundo con calma.
Con el tiempo comprendí que escribir no consiste únicamente en juntar palabras. Antes de escribir hay que aprender a observar. Y para observar hace falta algo que hoy escasea más que nunca: tiempo aparentemente inútil.
La tecnología nos ha regalado herramientas extraordinarias. Gracias a ella puedo escribir desde cualquier lugar, publicar en segundos o conversar con personas que viven al otro lado del mundo. Pero también ha conseguido que los silencios sean cada vez más breves.
Y los silencios son el lugar donde suele empezar una idea.
Quizá por eso la creatividad no dependa tanto de encontrar nuevas respuestas como de recuperar viejas costumbres, como mirar por la ventana durante un viaje, escuchar conversaciones ajenas dejarse pillar, sentarse en un banco sin hacer absolutamente nada.
Son actividades improductivas para quien mide el tiempo en tareas completadas. Sin embargo, resultan extraordinariamente rentables para quien vive de las ideas.
Existe una diferencia importante entre consumir información y permitir que una experiencia se convierta en conocimiento. En el primer caso se ocupa la memoria. En el segundo entendemos el mundo.
Tal vez por eso sigo creyendo que perder el tiempo no siempre es una pérdida. En ocasiones es la inversión más silenciosa que podemos hacer en nosotros mismos.
La próxima vez que tengas unos minutos libres, prueba un pequeño experimento: no abras ninguna aplicación, no respondas ningún mensaje. Simplemente observa.
Puede que no ocurra nada o puede que, sin darte cuenta, acabes encontrando esa idea que llevabas semanas intentando perseguir.
Y descubrirás que algunas historias no se escriben frente a una pantalla.
Empiezan mucho antes, cuando alguien decide mirar el mundo con curiosidad, como siempre sucedió.
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