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La dama velada

En esa oscura noche de luna llena, el hombre que luego sería encerrado en una celda por el resto de sus días, salió tambaleando de la taberna sin pagar la cuenta. Había pasado toda la tarde bebiendo vino con sus colegas luego de una agotadora jornada remodelando el jardín interno del palacio de un reservado y acaudalado abogado en Milán. Durante una acalorada discusión por un tema sin importancia, cosa común en esos lugares, este hombre aprovechó para levantarse y, sin cruzar más palabras, salir de prisa. Una argucia que terminaría costándole la cordura o, peor aún, la libertad.

Con pasos torpes, aunque convencido de mantener la lucidez, decidió cruzar el Parque Sempione, más cercano a un bosque por su magnitud, a escasos kilómetros del centro. Era casi medianoche y el atrevimiento de caminar por la foresta se debía principalmente al deseo de llegar cuanto antes a su casa, no había dado de alimentar a sus perros y seguramente estarían aullando desesperados, enojando a los vecinos. Era el año 1899 y las lámparas públicas, aunque pioneras en Europa, no iluminaban suficientemente ese campo de imponentes dimensiones.

A mitad de camino sintió escalofríos. Se había dado cuenta, quizás demasiado tarde, de su error. Los árboles y arbustos solían ser guarida de bribones y gente que deambulaba por las noches, no siempre con las mejores intenciones. Volver o terminar el camino, a este punto, daba lo mismo. Decidió continuar con pasos más firmes, aunque adormecidos por efectos del alcohol que fermentaba en su cuerpo. Mientras luchaba contra su propia imaginación, que le hacía ver figuras humanas y animales que lo observaban con recelo, advirtió la presencia de una persona a unos veinte metros de distancia. La neblina de invierno le obligó a cerrar un poco los ojos para agudizar la vista y esta vez no estaba imaginando: era una mujer quien caminaba a paso lento por el mismo sendero que lo llevaría a casa. ¿Qué podría llevarla a estar sola a esas horas?

No sabía si detenerse o hacerle saber que estaba poco distante detrás de ella, podría asustarla y temía ser confundido con un malhechor. Optó por silbar una de sus canciones favoritas, no tan alto pero lo suficiente para cortar el silencio y hacerse notar. Ella volteó, se quedó por unos segundos quieta, él también se detuvo. Entonces la mujer alzó el brazo derecho con la mano extendida, como saludando. El hombre continuó caminando y al acercarse notó que se trataba de una atractiva joven de cabellos lacios y castaños, cuyo rostro estaba parcialmente protegido por un delicado velo negro. Su sonrisa hizo que la tensión se fuera diluyendo lentamente y con el pasar de los segundos ambos se encontraron frente a frente. El hombre le preguntó lo primero y único que tenía en mente, ¿por qué sola aquí, a esta hora? La joven respondió, con un tono amable y el acento inconfundible de la nobleza, que estaba solo dando un paseo y de regreso a casa. Yo también, replicó el sujeto, intentando cuidar sus palabras para camuflar la borrachera. Al instante siguiente se encontraron, espontáneamente, caminando juntos, manteniendo el paso sosegado. Instintivamente él sacó las manos del bolsillo, señal que no tenía nada que ocultar y que ella no debía temer.

Fue la joven quien rompió el hielo preguntándole a qué se dedicaba, si tenía familia, si le gustaba caminar de noche como a ella. Preguntas cortas, respuestas breves. Llegaron a un punto en el que el camino se dividía en tres ramas y ella le dijo que continuaba por el oeste. El hombre debía proseguir de frente, pero algo le impulsó a proponerle acompañarla, porque esas luces tenues no ofrecían seguridad. Ella agradeció y aceptó. Continuaron caminando por unos diez minutos más y él sintió que volvían a adentrarse al bosque. Demasiado vino tinto, pensó. Llegaron a una pequeña casa de dos pisos con techo a dos aguas y un huerto al ingreso, cercado por barras de madera. Hasta aquí llegamos, le dijo él con una media sonrisa. Lo que pasó después lo supo en detalle el juez y luego toda la ciudad. Después de días desaparecido, sus amigos, los mismos que estuvieron con él en la cantina, lo encontraron deambulando por el Parque Sempione, semidesnudo, perturbado. Les contó entonces, tembloroso, sobre la chica con el velo que conoció aquella noche. Fue un instante, un maldito segundo, que decidió aceptar la invitación a entrar en esa casa. Las lámparas que iluminaban la estancia, el frío de las paredes con cuadros enmarcados en oro. El perfume a magnolias, el sabor del vino tinto que volvió a robarle la poca cordura conseguida caminando por el bosque. La habitación, con esa cama enorme de terciopelo y el techo altísimo del que colgaba una lámpara dorada. Él echado boca arriba sintiendo que se le caía la lámpara, ella de pronto encima de él, su pálida desnudez, el velo aún puesto, de pronto la revelación de ese rostro cadavérico cuya mitad era su propio cráneo expuesto. Los gritos, la risa siniestra, la desesperación, la locura.

Nadie encontró la casa que describió el miserable, nadie supo de esa mujer. Fue llevado al juzgado al ser una amenaza pública por sus arranques de ira, por esos gritos desenfrenados que alertaban a los vecinos, por los aullidos incesantes de los perros. Durante la última sesión en el tribunal antes de ser llevado a una celda, una anciana se ofreció como testigo. Pensaron que sus palabras podrían salvarlo, en su lugar, lo condenaron. Dijo que esa mujer sí había existido, pero en otro siglo, cuya muerte fue tan injusta como cruel, despojada de sus títulos nobiliarios por una acusación falsa. Desde entonces su triste y culpada alma deambula por el parque que una vez fue su jardín, herencia que le fue arrancada sin remordimientos, buscando hombres con quienes conseguir venganza, con quienes aliviar en algo esa miseria eterna. Si la dama velada se presenta, bella y sonriente, puedes elegir dos cosas: huir sin mirar atrás o dejarte atrapar, para nunca más volver. 

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