En esa oscura noche de luna llena, el hombre que luego sería encerrado en una celda por el resto de sus días, salió tambaleando de la taberna sin pagar la cuenta. Había pasado toda la tarde bebiendo vino con sus colegas luego de una agotadora jornada remodelando el jardín interno del palacio de un reservado y acaudalado abogado en Milán. Durante una acalorada discusión por un tema sin importancia, cosa común en esos lugares, este hombre aprovechó para levantarse y, sin cruzar más palabras, salir de prisa. Una argucia que terminaría costándole la cordura o, peor aún, la libertad. Con pasos torpes, aunque convencido de mantener la lucidez, decidió cruzar el Parque Sempione, más cercano a un bosque por su magnitud, a escasos kilómetros del centro. Era casi medianoche y el atrevimiento de caminar por la foresta se debía principalmente al deseo de llegar cuanto antes a su casa, no había dado de alimentar a sus perros y seguramente estarían aullando desesperados, enojando a los vecinos. Er...