La noche de mayo del año 1630, en la que sería recordada como una de sus más terribles primaveras, la ciudad de Milán no pudo dormir. Los rumores de un monstruo invisible y despiadado se transformaron en gritos desesperados, un presagio del destino de los miserables. Esa terrible y extraña enfermedad, de la que médicos y sacerdotes no habían descubierto su origen ni cura, había llegado. Nadie estaba a salvo, los más ricos abandonaban la ciudad como si escaparan de una fiera al acecho, los más pobres caían de rodillas implorando a Dios, mientras caían mujeres y hombres que, conscientes de su final, solían aislarse con lo que les quedaba de fuerza para, moribundos, rogar por un segundo de piedad de su Señor para que la muerte les sorprenda dormidos. Existía sin embargo una zona cerca del centro, en la casa número dos de Via Laghetto, una calle lúgubre conocida por ser morada de bribones, seres de dudosa reputación, donde vivía una mujer de la que se decía que curaba la enferme...